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Se detuvieron para enterrar a cada uno de ellos, en tumbas poco profundas en el lado de la carretera. “Todos oramos a nuestra manera, y luego continuamos nuestro viaje.”
 
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Siempre escuchaba el llanto.
 
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Conoce a Mohammed.


Conoce a Mohammed.

Tiene 19 años y nació en Brikama, Gambia.

Para llegar a Lampedusa, él cruzó seis países: Gambia, Senegal, Mali, Burkina Faso, Níger y el más peligroso de todos, Libia.

Su viaje a Europa llevó 3 años y 9 meses. Mohammed dejó su país natal con su hermana de 13 años.

Al principio, él tenía dinero suficiente para sobrevivir, pero siempre había personas hambrientas alrededor cuando él y su hermana estaban comiendo. “Tú no puedes estar comiendo y no repartir con las personas”. Mohammed compartió su dinero con ellos para que también pudiesen comer.

Trabajar se convirtió en una rápida necesidad. Su reserva de dinero se agotó cuando su hermana y él llegaron a Mali. 

Cuando llegó a Niamey, la capital de Níger, permaneció en la ciudad durante cuatro meses en una habitación sobre un garaje con su hermana y un amigo. Trabajó duro como sastre. Tenía que vigilar de cerca a su hermana, porque en la ciudad había otros inmigrantes, los nigerianos, dice, que habían tratado de violarla.*

A lo largo de una semana y un día, Mohammed y su hermana caminaron casi 1.000 kilómetros hacia Agadez, Níger. Consiguió que les llevaran en coche entre ciudades más pequeñas. Dormía en la carretera y, para comer, tenía un ñame con azúcar y una botella de agua, que podía comprar dos veces al día. 

Se quedó en Agadez trabajando durante dos meses, mientras su hermana vendía agua y hielo en la calle. Se quedaban en un recinto compartido con más de 40 personas, probablemente otros inmigrantes. 

Atravesó el desierto del Sahara en una camioneta con 35 personas. Tenía tres litros de agua, y de nuevo, comía ñames con azúcar para sobrevivir. Tardaron cuatro días para completar el cruce. 

Él dejó claro que sobrevivir no es garantía. “Si son nueve vehículos, cinco de ellos nunca sobrevivirán”, porque, dice, muchos conductores no conocen la ruta y no tienen una brújula. “Si se pierden, sus clientes no sobreviven.”

Él vio una fosa común con más de 100 personas que murieron en el desierto. Hubo gente que se murió delante de él. Una mujer embarazada no tuvo fuerzas y murió. Otra mujer, debilitada por el calor del sol, también murió. Se detuvieron para enterrar a cada uno de ellos/as, en tumbas poco profundas en el lado de la carretera. “Todos oramos a nuestra manera y luego continuamos nuestro viaje”, lamenta.

Mohammed llegó a Sabha, Libia, a las 21h y fue vendido inmediatamente, junto con su hermana y los otros 30 del camión a nuevos traficantes. Exigieron dinero, hasta 1.500€ y les amenazaron de muerte si no llamaban a los familiares para que realizasen una transferencia de dinero.

Mohammed dijo que sus secuestradores libios se quedaban en el recinto fumando marihuana y bebiendo alcohol. Después de la primera noche en la cárcel, a las seis de la mañana, notó que la puerta se había quedado abierta. Agarró a su hermana y huyó. 

Se quedó en los límites de la ciudad de Sabha huyendo de la captura y trabajando en la construcción y en la venta de azulejos, mientras que su hermana vendía agua y hielo en la calle. Regularmente eran robados y tardaron alrededor de un año para acumular suficiente dinero para trasladarse a Trípoli. 

Antes de llegar a Trípoli, fueron llevados a Bani Waled y encarcelados durante seis meses. Le encerraron en una jaula mientras violaban a su hermana. No sabe cuántas veces sucedió porque no podía ver, pero “siempre escuchaba su llanto”.

Su hermana se quedó embarazada. La violaron de nuevo. La empaparon con agua y luego la electrocutaron, tanto que se un agujero se abrió a través de su mano. A otras personas les hicieron lo mismo. Algunos fueron electrocutados tantas veces que perdieron los dedos de las manos o sus manos quedaron “destrozadas”, como lo describe Mohammed. 

Incluso después de que los migrantes pagaran rescate a los contrabandistas, Mohammed dice que todavía les maltrataban y les torturaban. Algunos fueron llevados al desierto y abandonados. A los dos meses de su embarazo, encerraron a su hermana y a otras ochenta personas en un tanque de gasolina (una especie de tanque de combustible que se ve desde el motor de un camión). Había solamente un pequeño agujero cortado en el tanque para el aire y casi todos se ahogaron en los vapores, incluida la hermana de Mohammed. Sólo sobrevivieron 25 personas. 

Con la ayuda de un hombre libio (que no era contrabandista), Mohammed enterró a su hermana en el desierto y escapó de la prisión de Bani Waled. El hombre le dio comida y le ayudó a encontrar medicinas para su pierna que había sido herida. Trabajó en el jardín de este hombre durante un mes y tres semanas antes de partir finalmente hacia Trípoli. 

En Trípoli trabajó como sastre, pero ni siempre le pagaban. Después de ocho meses en la ciudad, se trasladó a un lugar llamado “27”, una zona cerca de Sabratha que fue un antiguo campo del ejército operado por el hijo del coronel Gaddafi. 

“La libertad era un problema en este lugar”, dijo, pero junto a los diferentes migrantes que vivían allí (más de 2000 personas, dijo) se reunían para comprar algo de comida y agua para sobrevivir. Hervía agua en el fuego para bañarse. Permaneció durante tres semanas, durmiendo bajo un dosel contra el viento mediterráneo de la primavera.

En un mediodía cruzó el mar Mediterráneo con 160 personas en una patera. Había 10 mujeres a bordo, de las cuales cinco estaban embarazadas, además de cuatro niños y cuatro bebés. El barco estuvo en el mar durante 9 horas antes de ser rescatadopor la Guardia Costiera. Todo el mundo sobrevivió. Mohammed llegó a Lampedusa el sábado 15 de abril de 2017 a las 22h o 23h. 

Sus jugadores favoritos son Diego Costa y Eden Hazard, pero admira a Michael Jordan más que a nadie. Quiere jugar al fútbol profesionalmente en los Estados Unidos, en la ciudad de Nueva York. 

Mohammed es un ser humano increíble.

 

*Mohammed describió un negocio nigeriano de la prostitución que ocurre paralelamente a la ruta del contrabando. Él veía regularmente a prostitutas nigerianas, y sus hermanos eran sus proxenetas. Otras veces, vio a hombres nigerianos vender a sus hermanas directamente en círculos de prostitución,  donde les concederían paso a Italia para trabajar en la industria del sexo. 

Hay una práctica, dice, de hombres nigerianos que traen a sus hermanas a Libia para venderlas y recibir ganancias financieras. Él describió el resultado de esa práctica para las mujeres; o son muertas por los libios tras el trabajo sexual, o deportadas.

“Si no duermes con los hombres, no tienes comida”, dijo. Hay niñas y mueres nigerianas que dependen de eso para sobrevivir.